Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas En el monótono transcurso de seis de aquellos diez interminables dÃas —los mismos jueces en el estrado, por el que también fueron pasando, una tras otra, las mismas personas, el mismo criminal en el banquillo, los mismos abogados en sus mesas, los mismos tonos en las preguntas y las respuestas elevándose hasta el techo del juzgado, el mismo garabateo de la pluma del juez, los mismos ujieres entrando y saliendo, las mismas luces que se encendÃan a la misma hora cuando ya no habÃa luz natural, la misma cortina neblinosa fuera de los ventanales cuando estaba brumoso, el mismo repiqueteo y goteo del agua cuando llovÃa, las mismas pisadas de los carceleros y del prisionero, dÃa tras dÃa sobre el mismo serrÃn, las mismas llaves abriendo y cerrando los mismos pesados portones—, en el transcurso de aquellos dÃas, digo, cargados de toda esa fatigosa monotonÃa que me hacÃa sentir como si llevase un larguÃsimo perÃodo de tiempo siendo presidente de aquel jurado y Picadilly hubiese sido contemporánea de Babilonia, el hombre asesinado jamás dejó de hacerse perceptible a mis ojos, ni su presencia era menos evidente que la de cualquier otra persona que hubiese pisado la sala. De hecho, debo decir que jamás vi a la aparición a la que me refiero como el hombre asesinado mirar directamente al asesino. Me preguntaba una y otra vez: «¿Por qué no lo hace?». Aunque lo cierto es que no lo hizo nunca.