Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Y tampoco, desde el día en que se nos presentó el retrato, me volvió a mirar directamente a mí, hasta que quedaban ya pocos minutos para que finalizara el juicio. Faltaban siete minutos para que dieran las diez de la noche cuando los miembros del jurado nos retiramos a deliberar. El estúpido sacristán y sus dos parásitos de mente obtusa nos dieron tantos problemas que tuvimos que volver por dos veces a la sala para rogar que fuesen releídos algunos extractos de las notas del juez. Nueve de nosotros no albergábamos la más mínima duda sobre aquellos pasajes, ni tampoco creo que las tuviese nadie en el tribunal; de cualquier modo, el triunvirato de zoquetes, sin otro afán que la obstrucción, los discutían por ese mismo motivo. A la larga, acabamos imponiéndonos y, finalmente, el jurado regresó a la sala cuando eran las doce y diez de la noche.
El hombre asesinado se encontraba en aquel momento enfrente del jurado, justo al otro extremo de la sala. Mientras me sentaba, sus ojos se posaron sobre los míos con gran atención; tenía un aire satisfecho y agitaba parsimoniosamente, sobre su cabeza y toda su figura, un gran velo gris que llevaba colgado del brazo. Nunca antes se lo había visto lucir. En el momento en que leí nuestro veredicto —«Culpable»—, el velo cayó, todo se desvaneció, y el lugar donde antes estaba la extraña figura quedó vacío.