Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Viajaba yo hacia Londres desde el norte, con la intención de realizar una parada a mitad del trayecto para inspeccionar el paraje en cuestión. Mi salud requerÃa una residencia temporal en el campo y un amigo mÃo, que lo sabÃa y que por casualidad habÃa pasado cerca de la casa, me escribió sugiriéndomela como un lugar apropiado para mi descanso. Hacia la medianoche me subà al tren y me senté a contemplar cómo brillaban las Luces del Norte a través de la ventana. Me dormà y, al despertarme, poco después, tuve esa convicción, que ya habÃa experimentado otras veces, de que no habÃa logrado dormir en absoluto. Tan convencido me encontraba de ello que, me avergüenza decirlo, incluso me habrÃa peleado con el hombre que se sentaba frente a mÃ. Aquel individuo llevaba toda la noche —algo demasiado habitual en lo que respecta a las personas que se sientan frente a uno en los trenes— molestándome con sus piernas demasiado largas, y dirÃa que demasiado abundantes. Para empeorar las cosas —al fin y al cabo era cuanto podÃa esperarse de él—, llevaba consigo un lápiz y un cuaderno de notas, con los que tomaba apuntes sin parar sobre quién sabe qué. En un momento dado me pareció que aquellas malditas notas solÃan coincidir con las diversas sacudidas y vaivenes con que avanzaba el tren, por lo que entendà que me hallaba ante una especie de ingeniero civil, o algo parecido; me resigné, pues, a que me siguiera molestando con sus continuas anotaciones. Y habrÃa seguido creyendo lo mismo durante toda la noche si no hubiera sido porque pronto me di cuenta de que el caballero en realidad mantenÃa los ojos fijos sobre algún punto de mi cabeza, y hacÃa como si estuviera escuchando algo. No es de extrañar, pues, que el comportamiento de aquel personaje de ojos saltones y expresión perpleja acabara por parecerme insoportable.