Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Era aquél un amanecer lóbrego y helado, con el sol aún por elevarse. Hastiado de contemplar tanto los pálidos fogonazos propios de aquella región ferruginosa por la que discurrÃamos[1], como la densa pátina de humo que me separaba de las estrellas y del incipiente dÃa, me giré hacia mi compañero de viaje y le pregunté:
—Discúlpeme caballero, pero ¿acaso tengo algo raro en la cara?
Pues, he de decir, parecÃa como si en aquel momento aquel individuo tan extraño estuviera tomando apuntes sobre mi gorro de viaje, o sobre mi cabello, haciendo gala de una minuciosidad de lo más descarado. El tipo desvió sus ojos saltones de la pared del compartimento dando la impresión, por la parábola que describieron, de que se encontraba a cientos de millas de distancia. A continuación preguntó, con una mirada de despreciativa compasión por mi insignificancia:
—¿En su cara, caballero…? B.
—¿B, señor? —pregunté intentando fingir amabilidad.
—No estoy en absoluto interesado por usted, caballero —continuó—. Mire, permÃtame que le explique… O.