Para leer al anochecer. Historias de fantasmas
Para leer al anochecer. Historias de fantasmas Enunció la vocal tras una pausa y de inmediato procedió a anotarla. Al principio me alarmé; no es cosa de broma toparse con un lunático como aquél en el expreso, y no tener posibilidad alguna de llamar al encargado. Pensé con cierto alivio que el caballero en cuestión podrÃa ser uno de esos miembros de la secta de los Espiritistas, unos individuos, he de decirlo, por quienes siento el más alto respeto, al menos por unos cuantos, aunque no tenga fe en absoluto en lo que hacen. Me disponÃa a preguntarle si su profesión era la de Espiritista cuando, como se dice popularmente, me arrancó la tajada de la boca:
—ConfÃo en que sabrá disculparme —dijo con cierto desdén—, si me encuentro demasiado avanzado respecto al común de los mortales para molestarme en prestarle atención. Me he pasado la noche, como de hecho suelo hacer casi todos los dÃas de mi vida, enfrascado en una conferencia espiritual.
—¡Oh! —dije con cierta irritación.
—Las comunicaciones de esta noche —continuó el caballero, volviendo varias páginas de su cuaderno— se iniciaron con el siguiente mensaje: «Comunicados malintencionados arruinan las buenas maneras».
—Muy razonable —apunté—. Pero ¿se trata acaso de una idea novedosa?
—Lo novedoso es que lo afirmen los espÃritus —contestó el caballero.