Tiempos difíciles
Tiempos difíciles Después de uno o dos juramentos impacientes, de arañarse estúpidamente la cara con la mano libre, logró apartar sus cabellos lo suficiente para ver al que le hablaba. Siguió sentada, balanceando el cuerpo y gesticulando con su mano torpona, como si sus gestos fuesen el acompañamiento de una carcajada, aunque su cara permaneciese estólida y sin expresión.
Salieron, por último, burlonamente de su garganta algunos sonidos ásperos que parecían querer decir:
«¡Hola, muchacho! Qué, ¿estás ahí?» Y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
Al cabo de unos minutos chilló: « ¿Que si he vuelto otra vez?», como si él acabase de hacerle la pregunta. «Sí, otra vez he vuelto. Y volveré otra, otra y otra. ¿Volver? Claro que sí. Volveré. ¿Por qué no?»
Excitada por la insensata violencia de sus gritos, se puso en pie, apoyando la espalda en la pared, imprimiendo un movimiento de vaivén a un asqueroso resto de sombrero que sostenía por el sujetador, mientras intentaba mirar en son de burla a Esteban.
-¡Te traicionaré otra vez, y otra, y veinte veces! -gritó, con ademanes que lo mismo podían ser una furiosa amenaza que un intento de danza desafiadora-. ¡Fuera de esa cama! -Esteban se había sentado en el borde, ocultando la cara entre las manos-. ¡Fuera de ahí, te digo! ¡Es mía, y me pertenece!