Tiempos difíciles
Tiempos difíciles Al atardecer, se encontró con que la mesa estaba puesta para cuatro, aunque sólo se sentaron tres a ella. Fue una ocasión magnífica para que el señor Bounderby se explayase, hablando del aroma de la ración de anguilas guisadas que solía comprar en la calle cuando tenía ocho años de edad; y también del agua de calidad inferior, la que se empleaba para regar las calles, que él empleaba para asentar en el estómago aquella comida. Entretuvo también a su convidado, durante el servicio de la sopa y del pescado, con el cálculo de que él, Bounderby, se habría comido durante los años de su juventud por lo menos tres caballos disfrazados bajo distintos guisos y salsas. Santi acogía de cuando en cuando aquellos relatos con un «¡Qué encanto!», dicho con expresión fatigada; y es más que probable que, en vista de ello, se hubiese decidido a lanzarse otra vez al viaje de Jerusalén; de no sentir tanta curiosidad acerca de Luisa.
«¿No habrá nada, nada.., capaz de poner emoción en esa cara?», se preguntaba al verla sentada en la cabecera de la mesa, donde su juvenil figura, pequeña y delgada, pero muy graciosa, parecía tan linda como fuera de lugar. ¡Pardiez! ¡Ya lo creo que había! Allí estaba, y en figura inesperada, apareció Tom, y en cuanto se abrió la puerta, cambió Luisa, y brotó en su rostro una sonrisa de felicidad.