Tiempos difíciles
Tiempos difíciles Una sonrisa espléndida. Acaso no se lo hubiera parecido tanto a don Santiago Harthouse si no hubiese estado tanto tiempo contemplando intrigado la cara impasible. Luisa alargó la mano..., una manecita linda y fina, y sus dedos estrecharon los de su hermano, como si estuviese tentada de llevárselos a los labios.
«¡Hola, hola! -pensó el visitante-. Este mequetrefe es la única persona a quien tiene afecto... ¡Vaya, vaya!»
Le fue presentado el mequetrefe; éste tomó asiento a la mesa. El calificativo no era halagador, pero tampoco inmerecido. Bounderby exclamó:
-Cuando yo era de tu edad, mocito, tenía que ser puntual o no comía.
-Cuando vos teníais mis años, no teníais que rectificar un balance del día equivocado ni que vestiros después -le replicó Tom.
-No traigáis eso a cuento ahora - le dijo Bounderby.
-Bien; pero no empecéis a meteros conmigo –gruñó Tom.
El señor Harthouse, que se dio cuenta de aquella tirantez subterránea, intervino:
-Señora Bounderby, la cara de vuestro hermano me resulta muy familiar. ¿Será en el extranjero donde la he visto? ¿O quizá en alguna escuela pública de segundo grado?