Tiempos difíciles
Tiempos difíciles -Tú eres siempre mi debilidad, ¿verdad que sí, Luisa? -exclamó el señor Bounderby-. Y ahora, adiós, Luisa.
El marchó por su camino, pero ella no se movió; sacó el pañuelo y se frotó con él donde Bounderby la había besado, hasta que tuvo la piel casi en carne viva. Pasaron cinco minutos, y ella seguía frotándose. Su hermano la reconvino, huraño:
-¿Qué te pasa, Luisa? Si continúas, terminarás haciéndote un agujero en el carrillo.
-Mira, Tomás: puedes cortarme con tu cortaplumas el pedazo, si quieres. Te aseguro que no lloraré.