Tiempos difíciles

Tiempos difíciles

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Se quedó haciendo tiempo en el vestíbulo, mientras el señor Gradgrind subía al piso superior en busca de la dirección del padre de Cecilia. Bounderby abrió la puerta del cuarto de estudio de los niños y contempló aquella habitación alfombrada, de aspecto tranquilo; pero que, a pesar de sus estantes de libros, de sus vitrinas y de toda la variedad de sus instrumentos científicos y filosóficos, tenía mucho de la cordialidad de una sala de peluquería. Luisa, apoyada lánguidamente en la ventana, miraba al exterior, aunque sin fijarse en nada, en tanto que el joven Tomás, en pie junto al fuego, respiraba ruidosamente por la nariz con gesto rencoroso. Los dos Gradgrinds más pequeños, Adam Smith y Malthus, estaban encerrados, dando una lección, y la pequeña Juana, después de embadurnarse la cara con una gran cantidad de greda húmeda a fuerza de lloros y de pizarrín, se había quedado dormida encima de unos vulgares quebrados.

-Ya está arreglado todo, Luisa; ya está arreglado todo, Tomasito -dijo el señor Bounderby-. No volváis a hacerlo. Yo conseguiré que vuestro padre dé por terminado el asunto. ¿Qué me dices, Luisa? ¿No se merece esto un beso?

-Podéis tomaros uno, señor Bounderby –contestó Luisa, al mismo tiempo que cruzaba lentamente la habitación y se detenía junto a él, brindándole de mal talante su carrillo y volviendo la vista a otra parte.


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