Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH —Esto no es solo superstición —murmuró mientras pasaba las páginas. —Alguien estaba estudiando esto. Quizá incluso practicándolo.
El aire en el claro se volvió pesado, y un cuervo graznó desde un árbol cercano, haciendo que Gabriel diera un paso atrás. —Esto está mal, Nash. Muy mal.
—Es exactamente por eso que debemos seguir adelante —respondió ella, cerrando el cuaderno.
Al regresar a la base, Nash estudió las anotaciones con atención. Había referencias a antiguos ritos paganos del País Vasco y menciones de algo llamado "la herencia de la madre". No estaba segura de lo que significaba, pero intuía que era una pieza crucial del rompecabezas.
Esa noche, Nash recibió otra llamada anónima. Esta vez, una voz masculina habló directamente: —Deja de buscar, doctora Elizondo. Hay cosas que deben permanecer enterradas.
—¿Quién eres? —preguntó Nash, su voz firme a pesar del temor que comenzaba a crecer en su interior. —Alguien que intenta salvarte de ti misma —respondió la voz antes de colgar.
Nash apretó el teléfono con fuerza. Estaba claro que se estaba acercando demasiado a algo importante. Algo que alguien estaba dispuesto a proteger a toda costa.