Las que no duermen NASH
Las que no duermen NASH —¿Lista, doctora Elizondo? —preguntó Gabriel, su compañero de descenso, ajustando el mosquetón con precisión. Nash asintió, observando el equipo que se extendía alrededor: cuerdas, andamios y linternas. Todo estaba en su lugar, y aun así, sentía una inquietud que no podía explicar. La lluvia comenzaba a caer, ligera pero persistente, manchando el terreno de barro y volviendo las raíces resbaladizas.
—Esta sima tiene una energía rara —murmuró Julio, el más veterano del equipo, mientras encendía un cigarro bajo la protección de un viejo árbol. —O supersticiones de viejo, como siempre —replicó Gabriel con una media sonrisa.
Nash no estaba de humor para bromas. La sima no era solo una investigación más para el equipo de Kondairak; era un rompecabezas con demasiadas piezas faltantes. Mientras descendían, la luz del exterior se extinguió poco a poco, sustituida por la penumbra que arrojaban sus linternas. Las paredes, cubiertas de musgo y pequeñas grietas, parecían susurrar cada vez que el viento se colaba entre ellas.
A diez metros de profundidad, el olor llegó: una mezcla inconfundible de podredumbre y muerte reciente. Gabriel se detuvo, alzando una mano para señalar hacia abajo. —¿Notas eso? —preguntó.
