Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Iba tan miserablemente vestido, que nadie en su lugar, ni siquiera un viejo vagabundo, se habrÃa atrevido a salir a la calle en pleno dÃa con semejantes andrajos. Bien es verdad que este espectáculo era corriente en el barrio en que nuestro joven habitaba.
La vecindad del Mercado Central, la multitud de obreros y artesanos amontonados en aquellos callejones y callejuelas del centro de Petersburgo ponÃan en el cuadro tintes tan singulares, que ni la figura más chocante podÃa llamar a nadie la atención.
Por otra parte, se habÃa apoderado de aquel hombre un desprecio tan feroz hacia todo, que, a pesar de su altivez natural un tanto ingenua, exhibÃa sus harapos sin rubor alguno. Otra cosa habrÃa sido si se hubiese encontrado con alguna persona conocida o algún viejo camarada, cosa que procuraba evitar.
Sin embargo, se detuvo en seco y se llevó nerviosamente la mano al sombrero cuando un borracho al que transportaban, no se sabe adónde ni por qué, en una carreta vacÃa que arrastraban al trote dos grandes caballos, le dijo a voz en grito:
‑¡Eh, tú, sombrerero alemán!
Era un sombrero de copa alta, circular, descolorido por el uso, agujereado, cubierto de manchas, de bordes desgastados y lleno de abolladuras. Sin embargo, no era la vergüenza, sino otro sentimiento, muy parecido al terror, lo que se habÃa apoderado del joven.