Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Lo sabÃa ‑murmuró en su turbación‑, lo presentÃa. Nada hay peor que esto. Una naderÃa, una insignificancia, puede malograr todo el negocio. SÃ, este sombrero llama la atención; es tan ridÃculo, que atrae las miradas. El que va vestido con estos pingajos necesita una gorra, por vieja que sea; no esta cosa tan horrible. Nadie lleva un sombrero como éste. Se me distingue a una versta a la redonda. Te recordarán. Esto es lo importante: se acordarán de él, andando el tiempo, y será una pista… Lo cierto es que hay que llamar la atención lo menos posible. Los pequeños detalles… Ahà está el quid. Eso es lo que acaba por perderle a uno…
No tenÃa que ir muy lejos; sabÃa incluso el número exacto de pasos que tenÃa que dar desde la puerta de su casa; exactamente setecientos treinta. Los habÃa contado un dÃa, cuando la concepción de su proyecto estaba aún reciente. Entonces ni él mismo creÃa en su realización. Su ilusoria audacia, a la vez sugestiva y monstruosa, sólo servÃa para excitar sus nervios. Ahora, transcurrido un mes, empezaba a mirar las cosas de otro modo y, a pesar de sus enervantes soliloquios sobre su debilidad, su impotencia y su irresolución, se iba acostumbrando poco a poco, como a pesar suyo, a llamar «negocio» a aquella fantasÃa espantosa, y, al considerarla asÃ, la podrÃa llevar a cabo, aunque siguiera dudando de sà mismo.