Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Pero volvió atrás para ver si la niña dormÃa tranquilamente. Levantó el embozo con cuidado. La chiquilla estaba sumida en un plácido sueño. HabÃa entrado en calor y sus pálidas mejillas se habÃan coloreado. Pero, cosa extraña, el color de aquella carita era mucho más vivo que el que vemos en los niños ordinariamente.
«Es el color de la fiebre», pensó Svidrigailof.
Aquella niña tenÃa el aspecto de haber bebido, de haberse bebido un vaso de vino entero. Sus purpúreos labios parecÃan arder… ¿Pero qué era aquello? De pronto le pareció que las negras y largas pestañas de la niña oscilaban y se levantaban ligeramente. Los entreabiertos párpados dejaron escapar una mirada penetrante, maliciosa y que no tenÃa nada de infantil. ¿Era que la niña fingÃa dormir? SÃ, no cabÃa duda. Su boquita sonrió y las comisuras de sus labios temblaron en un deseo reprimido de reÃr. Y he aquà que de improviso deja de contenerse y se rÃe francamente. Algo desvergonzado, provocativo, aparece en su rostro, que no es ya el rostro de una niña. Es la expresión del vicio en la cara de una prostituta. Y los ojos se abren francamente, enteramente, y envuelven a Svidrigailof en una mirada ardiente y lasciva, de alegre invitación… La carita infantil tiene un algo repugnante con su expresión de lujuria.