Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Bueno, nada de explicaciones! ‑replicó al punto Pulqueria Alejandrovna‑. No te inquietes, que no te voy a abrumar con mil preguntas de mujer curiosa. Ahora ya lo comprendo todo, pues estoy iniciada en las costumbres de Petersburgo y ya veo que la gente de aquà es más inteligente que la de nuestro pueblo. Me he convencido de que soy incapaz de seguirte en tus ideas y de que no tengo ningún derecho a pedirte cuentas… Sabe Dios los proyectos que tienes y los pensamientos que ocupan tu imaginación… Por lo tanto, no quiero molestarte con mis preguntas. ¿Qué te parece… ? ¡Ah, qué ridÃcula soy! No hago más que hablar y hablar como una imbécil… Oye, Rodia: voy a leer por tercera vez aquel artÃculo que publicaste en una revista. Nos lo trajo Dmitri Prokofitch. Ha sido para mà una revelación. «Ahà tienes, estúpida, lo que piensa, y eso lo explica todo ‑me dije‑. Todos los sabios son asÃ. Tiene ideas nuevas, y esas ideas le absorben mientras tú sólo piensas en distraerlo y atormentarlo… En tu artÃculo hay muchas cosas que no comprendo, pero esto no tiene nada de extraño, pues ya sabes lo ignorante que soy.
‑Enséñame ese artÃculo, mamá.