Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑No lo recuerdo. Lo único que me ha quedado en la memoria es que tenÃa el propósito de tomar una determinación definitiva y paseaba a lo largo del Neva. QuerÃa terminar, pero no me he decidido.
Al decir esto, miraba escrutadoramente a su hermana.
‑¡Alabado sea Dios! ‑exclamó Dunia‑. Eso era precisamente lo que temÃamos Sonia Simonovna y yo. Eso demuestra que aún crees en la vida. ¡Alabado sea Dios!
Raskolnikof sonrió amargamente.
‑No creo en la vida. Pero hace un momento he hablado con nuestra madre y nos hemos abrazado llorando. Soy un incrédulo, pero le he pedido que rezara por mÃ. Sólo Dios sabe cómo ha podido suceder esto, Dunetchka, pues yo no comprendo nada.
‑¿Cómo? ¿Has estado hablando con nuestra madre? ‑exclamó Dunetchka, aterrada‑. ¿Habrás sido capaz de decÃrselo todo?
‑No, yo no le he dicho nada claramente; pero ella sabe muchas cosas. Te ha oÃdo soñar en voz alta la noche pasada. Estoy seguro de que está enterada de buena parte del asunto. Tal vez he hecho mal en ir a verla. Ni yo mismo sé por qué he ido. Soy un hombre vil, Dunia.
‑SÃ, pero dispuesto a ir en busca de la expiación. Porque irás, ¿verdad?