Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Aquà me tienes, Sonia ‑dijo Rodion Romanovitch con una sonrisa de burla‑. Vengo en busca de tus cruces. Tú misma me enviaste a confesar mi delito públicamente por las esquinas. ¿Por qué tienes miedo ahora?
Sonia le miraba con un gesto de estupor. Su acento le parecÃa extraño. Un estremecimiento glacial le recorrió todo el cuerpo. Pero en seguida advirtió que aquel tono, e incluso las mismas palabras, era una ficción de Rodia. Además, Raskolnikof, mientras le hablaba, evitaba que sus ojos se encontraran con los de ella.
‑He pensado, Sonia, que, en interés mÃo, debo obrar asÃ, pues hay una circunstancia que… Pero esto serÃa demasiado largo de contar, demasiado largo y, además, inútil. Pero me ocurre una cosa: me irrita pensar que dentro de unos instantes todos esos brutos me rodearán, fijarán sus ojos en mà y me harán una serie de preguntas necias a las que tendré que contestar. Me apuntarán con el dedo… No iré a ver a Porfirio. Lo tengo atragantado. Prefiero presentarme a mi amigo el «teniente Pólvora». Se quedará boquiabierto. Será un golpe teatral. Pero necesitaré serenarme: estoy demasiado nervioso en estos últimos tiempos. Aunque te parezca mentira, acabo de levantar el puño a mi hermana porque se ha vuelto para verme por última vez. Es una vergüenza sentirse tan vil. He caÃdo muy bajo… Bueno, ¿dónde están esas cruces?