Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Esta vez sólo vio en la antecámara un ordenanza y un hombre del pueblo. Ni siquiera apareció el gendarme de guardia. Raskolnikof pasó a la pieza inmediata.
«A lo mejor, no puedo decir nada todavía», pensó.
Un empleado que vestía de paisano y no el uniforme reglamentario escribía inclinado sobre su mesa. Zamiotof no estaba. El comisario, tampoco.
‑¿No hay nadie? ‑preguntó al escribiente.
‑¿A quién quiere ver?
En esto se dejó oír una voz conocida.
‑No necesito oídos ni ojos: cuando llega un ruso, percibo por instinto su presencia… , como dice el cuento. Encantado de verle.
Raskolnikof empezó a temblar. El «teniente Pólvora» estaba ante él. Había salido de pronto de la tercera habitación.
«Es el destino ‑pensó Raskolnikof‑. ¿Qué hace este hombre aquí?»
‑¿Viene usted a vernos? ¿Con qué objeto?
Parecía estar de excelente humor y bastante animado.