Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Plantada ante el comerciante y su esposa, con un paquete en la mano, los escuchaba con atención y parecía mostrarse indecisa. Ellos le hablaban con gran animación. Cuando Raskolnikof vio a Lisbeth experimentó un sentimiento extraño, una especie de profundo asombro, aunque el encuentro no tenía nada de sorprendente.
‑Usted y nadie más que usted, Lisbeth Ivanovna, ha de decidir lo que debe hacer ‑decía el comerciante en voz alta‑. Venga mañana a eso de las siete. Ellos vendrán también.
‑¿Mañana? ‑dijo Lisbeth lentamente y con aire pensativo, como si no se atreviera a comprometerse.
‑¡Qué miedo le tiene a Alena Ivanovna! ‑exclamó la esposa del comerciante, que era una mujer de gran desenvoltura y voz chillona‑. Cuando la veo ponerse así, me parece estar mirando a una niña pequeña. Al fin y al cabo, esa mujer que la tiene en un puño no es más que su medio hermana.
‑Le aconsejo que no diga nada a su hermana ‑continuó el marido‑. Créame. Venga a casa sin pedirle permiso. La cosa vale la pena. Su hermana tendrá que reconocerlo.
‑Tal vez venga.
‑De seis a siete. Los vendedores enviarán a alguien y usted resolverá.