Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Le daremos una taza de té ‑prometió la vendedora.
‑Bien, vendré ‑repuso Lisbeth, aunque todavÃa vacilante.
Y empezó a despedirse con su calma caracterÃstica.
Raskolnikof habÃa dejado ya tan atrás al matrimonio y su amiga, que no pudo oÃr ni una palabra más. HabÃa acortado el paso insensiblemente y habÃa procurado no perder una sola sÃlaba de la conversación. A la sorpresa del primer momento habÃa sucedido gradualmente un horror que le produjo escalofrÃos. Se habÃa enterado, de súbito y del modo más inesperado, de que al dÃa siguiente, exactamente a las siete, Lisbeth, la hermana de la vieja, la única persona que la acompañaba, habrÃa salido y, por lo tanto, que a las siete del dÃa siguiente la vieja ¡estarÃa sola en la casa!
Raskolnikof estaba cerca de la suya. Entró en ella como un condenado a muerte. No intentó razonar. Además, no habrÃa podido.
Sin embargo, sintió súbitamente y con todo su ser, que su libre albedrÃo y su voluntad ya no existÃan, que todo acababa de decidirse irrevocablemente.