Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Estarán durmiendo o las habrán estrangulado? ‑murmuró‑. ¡El diablo las lleve! A las dos: a Alena Ivanovna, la vieja bruja, y a Lisbeth Ivanovna, la belleza idiota… ¡Abrid de una vez, mujerucas… ! Están durmiendo, no me cabe duda.
Estaba desesperado. Tiró del cordón lo menos diez veces más y tan fuerte como pudo. Se veÃa claramente que era un hombre enérgico y que conocÃa la casa.
En este momento se oyeron, ya muy cerca, unos pasos suaves y rápidos. Evidentemente, otra persona se dirigÃa al piso cuarto. Raskolnikof no oyó al nuevo visitante hasta que estaban llegando al descansillo.
‑No es posible que no haya nadie ‑dijo el recién llegado con voz sonora y alegre, dirigiéndose al primer visitante, que seguÃa haciendo sonar la campanilla‑. Buenas tardes, Koch.
«Un hombre joven, a juzgar por su voz», se dijo Raskolnikof inmediatamente.
‑No sé qué demonios ocurre ‑repuso Koch‑. Hace un momento casi echo abajo la puerta… ¿Y usted de qué me conoce?
‑¡Qué mala memoria! Anteayer le gané tres partidas de billar, una tras otra, en el Gambrinus.
‑¡Ah, sÃ!