Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Y dice usted que no están? ¡Qué raro! Hasta me parece imposible. ¿Adónde puede haber ido esa vieja? Tengo que hablar con ella.
‑Yo también tengo que hablarle, amigo mÃo.
‑¡Qué le vamos a hacer! ‑exclamó el joven‑. Nos tendremos que ir por donde hemos venido. ¡Y yo que creÃa que saldrÃa de aquà con dinero!
‑¡Claro que nos tendremos que marchar! Pero ¿por qué me citó? Ella misma me dijo que viniera a esta hora. ¡Con la caminata que me he dado para venir de mi casa aquÃ! ¿Dónde diablo estará? No lo comprendo. Esta bruja decrépita no se mueve nunca de casa, porque apenas puede andar. ¡Y, de pronto, se le ocurre marcharse a dar un paseo!
‑¿Y si preguntáramos al portero?
‑¿Para qué?
‑Para saber si está en casa o cuándo volverá.
‑¡Preguntar, preguntar… ! ¡Pero si no sale nunca!
Volvió a sacudir la puerta.
‑¡Es inútil! ¡No hay más solución que marcharse!
‑¡Oiga! ‑exclamó de pronto el joven‑. ¡FÃjese bien! La puerta cede un poco cuando se tira.
‑Bueno, ¿y qué?