Crimen y Castigo
Crimen y Castigo «¡Sea lo que Dios quiera! Si me paran, estoy perdido, y si me dejan pasar, también, pues luego se acordarán de mÃ.»
El encuentro parecÃa inevitable. Ya sólo les separaba un piso. Pero, de pronto… , ¡la salvación! Unos escalones más abajo, a su derecha, vio un piso abierto y vacÃo. Era el departamento del segundo, donde trabajaban los pintores. Como si lo hubiesen hecho adrede, acababan de salir. Seguramente fueron ellos los que bajaron la escalera corriendo y alborotando. Los techos estaban recién pintados. En medio de una de las habitaciones habÃa todavÃa una cubeta, un bote de pintura y un pincel. Raskolnikof se introdujo en el piso furtivamente y se escondió en un rincón. Tuvo el tiempo justo. Los hombres estaban ya en el descansillo. No se detuvieron: siguieron subiendo hacia el cuarto sin dejar de hablar a voces. Raskolnikof esperó un momento. Después salió de puntillas y se lanzó velozmente escaleras abajo.
Nadie en la escalera; nadie en el portal. Salió rápidamente y dobló hacia la izquierda.