Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero ¿dónde se habrá metido ese hombre? ‑gruñó.
Al fin, agotada su paciencia, se fue escaleras abajo con su paso lento, pesado, ruidoso.
«¿Qué hacer, Dios mÃo.»
Raskolnikof descorrió el cerrojo y entreabrió la puerta. No se percibÃa el menor ruido. Sin más vacilaciones, salió, cerró la puerta lo mejor que pudo y empezó a bajar. Inmediatamente ‑sólo habÃa bajado tres escalones‑ oyó gran alboroto más abajo. ¿Qué hacer? No habÃa ningún sitio donde esconderse… Volvió a subir a toda prisa.
‑¡Eh, tú! ¡Espera!
El que proferÃa estos gritos acababa de salir de uno de los pisos inferiores y corrÃa escaleras abajo, no ya al galope, sino en tromba.
‑¡Mitri, Mitri, Miiitri! ‑vociferaba hasta desgañitarse‑. ¿Te has vuelto loco? ¡Asà vayas a parar al infierno!
Los gritos se apagaron; los últimos habÃan llegado ya de la entrada. Todo volvió a quedar en silencio. Pero, transcurridos apenas unos segundos, varios hombres que conversaban a grandes voces empezaron a subir tumultuosamente la escalera. Eran tres o cuatro. Raskolnikof reconoció la sonora voz del joven de antes.
Comprendiendo que no los podÃa eludir, se fue resueltamente a su encuentro.