Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Bien, me quedaré.
‑Óigame: estoy estudiando para juez de instrucción. Aquà hay algo que no está claro; esto es evidente… , ¡evidente!
Después de decir esto en un tono lleno de vehemencia, el joven empezó a bajar la escalera a grandes zancadas.
Cuando se quedó solo, Koch llamó una vez más, discretamente, y luego, pensativo, empezó a sacudir la puerta para convencerse de que el cerrojo estaba echado. Seguidamente se inclinó, jadeante, y aplicó el ojo a la cerradura. Pero no pudo ver nada, porque la llave estaba puesta por dentro.
En pie ante la puerta, Raskolnikof asÃa fuertemente el mango del hacha. Era presa de una especie de delirio. Estaba dispuesto a luchar con aquellos hombres si conseguÃan entrar en el departamento. Al oÃr sus golpes y sus comentarios, más de una vez habÃa estado a punto de poner término a la situación hablándoles a través de la puerta. A veces le dominaba la tentación de insultarlos, de burlarse de ellos, e incluso deseaba que entrasen en el piso. «¡Que acaben de una vez!» pensaba.
‑Pero ¿dónde se habrá metido ese hombre? ‑murmuró el de fuera.
HabÃan pasado ya varios minutos y nadie subÃa. Koch empezaba a perder la calma.