Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Ésa es la cuestión principal. No cabe duda de que el asesino estaba en el piso y habÃa echado el cerrojo. Seguro que lo habrÃan atrapado si Koch no hubiese cometido la tonterÃa de abandonar la guardia para bajar en busca de su amigo. El asesino aprovechó ese momento para deslizarse por la escalera y escapar ante sus mismas narices. Koch está aterrado; no cesa de santiguarse y decir que si se hubiese quedado junto a la puerta del piso, el asesino se habrÃa arrojado sobre él y le habrÃa abierto la cabeza de un hachazo. Va a hacer cantar un Tedeum…
‑¿Y nadie ha visto al asesino?
‑¿Cómo quiere usted que lo vieran? ‑dijo el secretario, que desde su puesto estaba atento a la conversación‑. Esa casa es un arca de Noé.
‑La cosa no puede estar más clara ‑dijo el comisario, en un tono de convicción.
‑Por el contrario, está oscurÃsima ‑replicó Ilia Petrovitch.
Raskolnikof cogió su sombrero y se dirigió a la puerta. Pero no llegó a ella…
Cuando volvió en sÃ, se vio sentado en una silla. Alguien le sostenÃa por el lado derecho. A su izquierda, otro hombre le presentaba un vaso amarillento lleno de un lÃquido del mismo color. El comisario, Nikodim Fomitch, de pie ante él, le miraba fijamente. Raskolnikof se levantó.