Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Sin embargo, la ejecución de este plan presentaba grandes dificultades. Durante más de media hora se limitó a errar por el malecón del canal, inspeccionando todas las escaleras que conducÃan al agua. En ninguna podÃa llevar a la práctica su propósito. Aquà habÃa un lavadero lleno de lavanderas, allà varias barcas amarradas a la orilla. Además, el malecón estaba repleto de transeúntes. Se le podÃa ver desde todas partes, y a quien lo viera le extrañarÃa que un hombre bajara las escaleras expresamente para echar una cosa al agua. Por añadidura, los estuches podÃan quedar flotando, y entonces todo el mundo los verÃa. Lo peor era que las personas con que se cruzaba le miraban de un modo singular, como si él fuera lo único que les interesara. «¿Por qué me mirarán asÃ? ‑se decÃa‑. ¿O todo será obra de mi imaginación?»
Al fin pensó que acaso serÃa preferible que se dirigiera al Neva. En sus malecones habÃa menos gente. Allà llamarÃa menos la atención, le serÃa más fácil tirar las joyas y ‑detalle importantÃsimo‑ estarÃa más lejos de su barrio.