Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Era un hombre que habÃa rebasado los cincuenta, robusto y de talla media. Sus escasos y grises cabellos coronaban un rostro de un amarillo verdoso, hinchado por el alcohol. Entre sus abultados párpados fulguraban dos ojillos encarnizados pero llenos de vivacidad. Lo que más asombraba de aquella fisonomÃa era la vehemencia que expresaba ‑y acaso también cierta finura y un resplandor de inteligencia‑, pero por su mirada pasaban relámpagos de locura. Llevaba un viejo y desgarrado frac, del que sólo quedaba un botón, que mantenÃa abrochado, sin duda con el deseo de guardar las formas. Un chaleco de nanquÃn dejaba ver un plastrón ajado y lleno de manchas. No llevaba barba, esa barba caracterÃstica del funcionario, pero no se habÃa afeitado hacÃa tiempo, y una capa de pelo recio y azulado invadÃa su mentón y sus carrillos. Sus ademanes tenÃan una gravedad burocrática, pero parecÃa profundamente agitado. Con los codos apoyados en la grasienta mesa, introducÃa los dedos en su cabello, lo despeinaba y se oprimÃa la cabeza con ambas manos, dando visibles muestras de angustia. Al fin miró a Raskolnikof directamente y dijo, en voz alta y firme: