Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Permanecía en pie en medio de la habitación y miraba a su alrededor con un gesto de angustia. Luego se acercó a la puerta, la abrió, aguzó el oído… No, aquello no estaba allí… De súbito creyó acordarse y, corriendo al rincón donde el papel de la pared estaba desgarrado, introdujo su mano en el hueco y hurgó… Tampoco estaba allí. Entonces se fue derecho a la estufa, la abrió y buscó entre las cenizas.
¡Allí estaban los bajos deshilachados del pantalón y los retales del forro del bolsillo! Por lo tanto, nadie había buscado en la estufa. Entonces se acordó de la bota de que Rasumikhine acababa de hablarle. Ciertamente estaba allí, en el diván, cubierta apenas por la colcha, pero era tan vieja y estaba tan sucia de barro, que Zamiotof no podía haber visto nada sospechoso en ella.
«Zamiotof… , la comisaría… ¿Por qué me habrán citado? ¿Dónde está la citación… ? Pero ¿qué digo? ¡Si fue el otro día cuando tuve que ir… ! También entonces examiné la bota… ¿Para qué habrá venido Zamiotof? ¿Por qué lo habrá traído Rasumikhine?»
Estaba extenuado. Volvió a sentarse en el diván.