Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Cogió la botella, que contenía aún un buen vaso de cerveza, y se la bebió de un trago. Experimentó una sensación deliciosa, pues el pecho le ardía. Pero un minuto después ya se le había subido la bebida a la cabeza. Un ligero y no desagradable estremecimiento le recorrió la espalda. Se echó en el diván y se cubrió con la colcha. Sus pensamientos, ya confusos e incoherentes, se enmarañaban cada vez más. Pronto se apoderó de él una dulce somnolencia. Apoyó voluptuosamente la cabeza en la almohada, se envolvió con la colcha que había sustituido a la vieja y destrozada manta, lanzó un débil suspiro y se sumió en un profundo y saludable sueño.
Le despertó un ruido de pasos, abrió los ojos y vio a Rasumikhine, que acababa de abrir la puerta y se había detenido en el umbral, vacilante. Raskolnikof se levantó inmediatamente y se quedó mirándole con la expresión del que trata de recordar algo. Rasumikhine exclamó:
‑¡Ya veo que estás despierto… ! Bueno, aquí me tienes…
Y gritó, asomándose a la escalera:
‑¡Nastasia, sube el paquete!
Luego añadió, dirigiéndose a Raskolnikof:
‑Te voy a presentar las cuentas.
‑¿Qué hora es? ‑preguntó el enfermo, paseando a su alrededor una mirada inquieta.