Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Déjame ‑le rechazó Raskolnikof. SeguÃa encerrado en una actitud sombrÃa y habÃa escuchado con repugnancia el alegre relato de su amigo.
‑Es preciso, amigo Rodia ‑insistió Rasumikhine‑. No pretendas que haya gastado en balde las suelas de mis zapatos… Y tú, Nastasiuchka, no te hagas la pudorosa y ven a ayudarme.
Y, a pesar de la resistencia de Raskolnikof, consiguió mudarle la ropa.
El enfermo dejó caer la cabeza en la almohada y guardó silencio durante más de dos minutos. «No quieren dejarme en paz, pensaba.»
Al fin, con la mirada fija en la pared, preguntó:
‑¿Con qué dinero has comprado todo eso?
‑¿Que con qué dinero? ¡Vaya una pregunta! Pues con el tuyo. Un empleado de una casa comercial de aquà ha venido a entregártelo hoy, por orden de Vakhruchine. Es tu madre quien te lo ha enviado. ¿Tampoco de esto te acuerdas?
‑SÃ, ahora me acuerdo ‑repuso Raskolnikof tras un largo silencio de sombrÃa meditación.
Rasumikhine le observó con una expresión de inquietud.