Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Qué importa! Eso no cambia en nada la cuestión ‑exclamó Rasumikhine dando un puñetazo en la mesa‑. Lo más indignante de este asunto no son los errores de esa gente: uno puede equivocarse; las equivocaciones conducen a la verdad. Lo que me saca de mis casillas es que, aún equivocándose, se creen infalibles. Yo aprecio a Porfirio, pero… ¿Sabes lo que les desorientó al principio? Que la puerta estaba cerrada, y cuando Koch y Pestriakof volvieron a subir con el portero, la encontraron abierta. Entonces dedujeron que Pestriakof y Koch eran los asesinos de la vieja. Asà razonan.
‑No te acalores. TenÃan que detenerlos… De ese Koch tengo noticias. Al parecer, compraba a la vieja los objetos que no se desempeñaban.
‑No es un sujeto recomendable. También compraba pagarés. ¡Que el diablo se lo lleve! lo que me pone fuera de mà es la rutina, la anticuada e innoble rutina de esa gente. Éste era el momento de renunciar a los viejos procedimientos y seguir nuevos sistemas. Los datos psicológicos bastarÃan para darles una nueva pista. Pero ellos dicen: «Nos atenemos a los hechos.» Sin embargo, los hechos no son lo único que interesa. El modo de interpretarlos influye en un cincuenta por ciento como mÃnimo en el éxito de las investigaciones.
‑¿Y tú sabes interpretar los hechos?