Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑No esté usted violento ‑dijo éste levantando la voz‑. Hace cinco dÃas que Rodia está enfermo. Durante tres ha estado delirando. Hoy ha recobrado el conocimiento y ha comido con apetito. Aquà tiene usted a su médico, que lo acaba de reconocer. Yo soy un camarada suyo, un ex estudiante como él, y ahora hago el papel de enfermero. Por lo tanto, no haga caso de nosotros: siga usted conversando con él como si no estuviéramos.
‑Muy agradecido, pero ¿no le parece a usted ‑se dirigÃa a Zosimof‑ que mi conversación y mi presencia pueden fatigar al enfermo?
‑No ‑repuso Zosimof‑. Por el contrario, su charla le distraerá.
Y volvió a lanzar un bostezo.
‑¡Oh! Hace ya bastante tiempo que ha vuelto en sÃ: esta mañana ‑dijo Rasumikhine, cuya familiaridad respiraba tanta franqueza y simpatÃa, que Piotr Petrovitch empezó a sentirse menos cohibido. Además, hay que tener presente que el impertinente y desharrapado joven se habÃa presentado como estudiante.
‑Su madre… ‑comenzó a decir Lujine.
Rasumikhine lanzó un ruidoso gruñido. Lujine le miró con gesto interrogante.
‑No, no es nada. Continúe.