Crimen y Castigo
Crimen y Castigo Momentos después ya estaba en la calle. Eran alrededor de las ocho y el sol se habÃa puesto. La atmósfera era asfixiante, pero él aspiró ávidamente el polvoriento aire, envenenado por las emanaciones pestilentes de la ciudad. Sintió un ligero vértigo, pero sus ardientes ojos y todo su rostro, descarnado y lÃvido, expresaron de súbito una energÃa salvaje. No llevaba rumbo fijo, y ni siquiera pensaba en ello. Sólo pensaba en una cosa: que era preciso poner fin a todo aquello inmediatamente y de un modo definitivo, y que si no lo conseguÃa no volverÃa a su casa, pues no querÃa seguir viviendo asÃ. Pero ¿cómo lograrlo? Del modo de «terminar», como él decÃa, no tenÃa la menor idea. Sin embargo, procuraba no pensar en ello; es más, rechazaba este pensamiento, porque le torturaba. Sólo tenÃa un sentimiento y una idea: que era necesario que todo cambiara, fuera como fuere y costara lo que costase. «SÃ, cueste lo que cueste», repetÃa con una energÃa desesperada, con una firmeza indómita.