Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑A mà ‑continuó Raskolnikof, que parecÃa hablar de cualquier cosa menos de canciones‑ me gusta oÃr cantar al son del órgano en un atardecer otoñal, frÃo, sombrÃo y húmedo, húmedo sobre todo; uno de esos atardeceres en que todos los transeúntes tienen el rostro verdoso y triste, y especialmente cuando cae una nieve aguda y vertical que el viento no desvÃa. ¿Comprende? A través de la nieve se percibe la luz de los faroles de gas…
‑No sé… , no sé… Perdone ‑balbuceó el paseante, tan alarmado por las extrañas palabras de Raskolnikof como por su aspecto. Y se apresuró a pasar a la otra acera.
El joven continuó su camino y desembocó en la plaza del Mercado, precisamente por el punto donde dÃas atrás el matrimonio de comerciantes hablaba con Lisbeth. Pero la pareja no estaba. Raskolnikof se detuvo al reconocer el lugar, miró en todas direcciones y se acercó a un joven que llevaba una camisa roja y bostezaba a la puerta de un almacén de harina.
‑En esa esquina montan su puesto un comerciante y su mujer, que tiene aspecto de campesina, ¿verdad?
‑Aquà vienen muchos comerciantes ‑respondió el joven, midiendo a Raskolnikof con una mirada de desdén.
‑¿Cómo se llama?