Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¿Invitado… ? Hemos bebido champán. Pero ¿a santo de qué tenÃan que invitarme?
‑Para corresponder a algún favor. Ustedes sacan provecho de todo.
Raskolnikof se echó a reÃr.
‑No se enfade, no se enfade ‑añadió, dándole una palmada en la espalda‑. Se lo digo sin malicia alguna, amistosamente, por pura diversión, como decÃa de los puñetazos que dio a Mitri el pintor que detuvieron ustedes por el asunto de la vieja.
‑¿Cómo sabe usted que dijo eso?
‑Yo sé muchas cosas, tal vez más que usted, sobre ese asunto…
‑¡Qué raro está usted… ! No me cabe duda de que está todavÃa enfermo. No debió salir de casa.
‑¿De modo que le parece que estoy raro?
‑SÃ. ¿Qué estaba leyendo?
‑Los periódicos.
‑Sólo hablan de incendios.
‑Yo no leÃa los incendios.
Miró a Zamiotof con una expresión extraña. Una sonrisa irónica volvió a torcer sus labios.
‑No ‑repitió‑, yo no leÃa las noticias de los incendios ‑y añadió, guiñándole un ojo‑: Confiese, querido amigo, que arde usted en deseos de saber lo que estaba leyendo.