Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Pero ¿usted aquÃ? ‑dijo con un gesto de asombro y con el tono que habrÃa adoptado para dirigirse a un viejo camarada‑. Pero si Rasumikhine me dijo ayer que estaba usted todavÃa delirando. ¡Qué cosa tan rara! ¿Sabe que estuve en su casa?
Raskolnikof habÃa presentido que el secretario de la comisarÃa se acercarÃa a él. Dejó los periódicos y se encaró con Zamiotof. En sus labios se percibÃa una sonrisa irónica que dejaba traslucir cierta irritación.
‑Ya sé que vino usted ‑respondió‑; ya me lo han dicho… Usted me buscó la bota… ¿Sabe que tiene subyugado a Rasumikhine? Dice que estuvieron ustedes dos en casa de Luisa Ivanovna, aquella a la que usted intentaba defender el otro dÃa. Ya sabe lo que quiero decir. Usted hacÃa señas al «teniente Pólvora» y él no lo entendÃa. ¿Se acuerda usted? Sin embargo, no hacÃa falta ser un lince para comprenderlo. La cosa no podÃa estar más clara.
‑¡Qué charlatán!
‑¿Se refiere al «teniente Pólvora»?
‑No, a su amigo Rasumikhine.
‑¡Vaya, vaya, señor Zamiotof! ¡Para usted es la vida! Usted tiene entrada libre y gratuita en lugares encantadores. ¿Quién le ha invitado a champán ahora mismo?