Crimen y Castigo
Crimen y Castigo El camarero le trajo el té y los demás periódicos. Raskolnikof se sentó y empezó a leer los tÃtulos… Izler… Izler… Los Aztecas… Izler… Bartola… Massimo… Los Aztecas… Izler. Ojeó los sucesos: un hombre que se habÃa caÃdo por una escalera, un comerciante ebrio que habÃa muerto abrasado, un incendio en el barrio de las Arenas, otro incendio en el nuevo barrio de Petersburgo, otro en este mismo barrio… Izler… Izler… Massimo…
«¡Aquà está!»
HabÃa encontrado al fin lo que buscaba, y empezó a leer. Las lÃneas danzaban ante sus ojos. Sin embargo, leyó el suceso hasta el fin de la información y buscó nuevas noticias sobre el hecho en los números siguientes. Sus manos temblaban de impaciencia al pasar las páginas…
De pronto, alguien se sentó a su lado y él le dirigió una mirada. Era Zamiotof, Zamiotof en persona, con la misma indumentaria que llevaba en la comisarÃa. LucÃa sus anillos, sus cadenas, sus cabellos negros, rizados, abrillantados y partidos por una raya perfecta. Llevaba su maravilloso chaleco, su americana un tanto gastada y su camisa no del todo nueva. ParecÃa de excelente humor, pues sonreÃa afectuosamente. El champán habÃa coloreado su cetrino rostro.