Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑He aquà cómo habrÃa procedido yo. HabrÃa cogido las joyas y el dinero y, apenas hubiera dejado la casa, me habrÃa dirigido a un lugar apartado, cercado de muros y desierto; un solar o algo parecido. Ante todo, habrÃa buscado una piedra de gran tamaño, de unas cuarenta libras por lo menos, una de esas piedras que, terminada la construcción de un edificio, suelen quedar en algún rincón, junto a una pared. HabrÃa levantado la piedra y entonces habrÃa quedado al descubierto un hoyo. En este hoyo habrÃa depositado las joyas y el dinero; luego habrÃa vuelto a poner la piedra en su sitio y acercado un poco de tierra con el pie en torno alrededor. Luego me habrÃa marchado y habrÃa estado un año, o dos, o tres, sin volver por allÃ… ¡Y ya podrÃan ustedes buscar al culpable!
‑¡Está usted loco! ‑exclamó Zamiotof.
Lo habÃa dicho también en voz baja y se habÃa apartado de Raskolnikof. Éste palideció horriblemente y sus ojos fulguraban. Su labio superior temblaba convulsivamente. Se acercó a Zamiotof tanto como le fue posible y empezó a mover los labios sin pronunciar palabra. Asà estuvo treinta segundos. Se daba perfecta cuenta de lo que hacÃa, pero no podÃa dominarse. La terrible confesión temblaba en sus labios, como dÃas atrás el cerrojo en la puerta, y estaba a punto de escapársele.