Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑El caso es que todos hacen lo mismo ‑repuso Zamiotof‑. Después de haber demostrado tanta destreza como astucia al cometer el crimen, se dejan coger en la taberna. Y es que no todos son tan listos como usted. Usted, naturalmente, no irÃa a una taberna.
Raskolnikof frunció las cejas y miró a su interlocutor fijamente.
‑¡Oh usted es insaciable! ‑dijo, malhumorado‑. Usted quiere saber cómo obrarÃa yo si me viese en un caso asÃ.
‑Exacto ‑repuso Zamiotof en un tono lleno de gravedad y firmeza. Desde hacÃa unos momentos, su semblante revelaba una profunda seriedad.
‑¿Es muy grande ese deseo?
‑Mucho.
‑Pues bien, he aquà cómo habrÃa procedido yo.
Al decir esto, Raskolnikof acercó nuevamente su cara a la de Zamiotof y le miró tan fijamente, que esta vez el secretario no pudo evitar un estremecimiento.