Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Es usted terrible! ‑exclamó Zamiotof entre risas‑. Afortunadamente, eso no son más que palabras. Si usted se hubiera visto en el trance, habrÃa obrado de modo muy distinto a como dice. Créame: no sólo usted o yo, sino ni el más ducho y valeroso aventurero habrÃa sido dueño de sà en tales circunstancias. Pero no hay que ir tan lejos. Tenemos un ejemplo en el caso de la vieja asesinada en nuestro barrio. El autor del hecho ha de ser un bribón lleno de coraje, ya que ha cometido el crimen durante el dÃa, y puede decirse que ha sido un milagro que no lo hayan detenido. Pues bien, sus manos temblaron. No pudo consumar el robo. Perdió la calma: los hechos lo demuestran.
Raskolnikof se sintió herido.
‑¿De modo que los hechos lo demuestran? Pues bien, pruebe a atraparlo -dijo con mordaz ironÃa.
‑No le quepa duda de que daremos con él.
‑¿Ustedes? ¿Que ustedes darán con él? ¡Ustedes qué han de dar! Ustedes sólo se preocupan de averiguar si alguien derrocha el dinero. Un hombre que no tenÃa un cuarto empieza de pronto a tirar el dinero por la ventana. ¿Cómo no ha de ser el culpable? Teniendo esto en cuenta, un niño podrÃa engañarlos por poco que se lo propusiera.