Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑¡Eh! ¿Cuánto le debo?
‑Treinta kopeks ‑dijo el muchacho, que acudió a toda prisa.
‑Toma. Y veinte de propina. ¡Mire, mire cuánto dinero! ‑continuó, mostrando a Zamiotof su temblorosa mano, llena de billetes‑. Billetes rojos y azules, veinticinco rublos en billetes. ¿De dónde los he sacado? Y estas ropas nuevas, ¿cómo han llegado a mi poder? Usted sabe muy bien que yo no tenÃa un kopek. Lo sabe porque ha interrogado a la patrona. De esto no me cabe duda. ¿Verdad que la ha interrogado… ? En fin, basta de charla… ¡Hasta más ver… ! ¡Encantado!
Y salió del establecimiento, presa de una sensación nerviosa y extraña, en la que habÃa cierto placer desesperado. Por otra parte, estaba profundamente abatido y su semblante tenÃa una expresión sombrÃa. ParecÃa hallarse bajo los efectos de una crisis reciente. Una fatiga creciente le iba agotando. A veces recobraba de súbito las fuerzas por obra de una violenta excitación, pero las perdÃa inmediatamente, tan pronto como pasaba la acción de este estimulante ficticio.
Al quedarse solo, Zamiotof no se movió de su asiento. Allà estuvo largo rato, pensativo. Raskolnikof habÃa trastornado inesperadamente todas sus ideas sobre cierto punto y fijado definitivamente su opinión.
«Ilia Petrovitch es un imbécil», se dijo.