Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Apenas puso los pies en la calle, Raskolnikof se dio de manos a boca con Rasumikhine, que se disponía a entrar en el salón de té. Estaban a un paso de distancia el uno del otro, y aún no se habían visto. Cuando al fin se vieron, se miraron de pies a cabeza. Rasumikhine estaba estupefacto. Pero, de súbito, la ira, una ira ciega, brilló en sus ojos.

‑¿Conque estabas aquí? ‑vociferó‑. ¡El hombre ha saltado de la cama y se ha escapado! ¡Y yo buscándote! ¡Hasta debajo del diván, hasta en el granero! He estado a punto de pegarle a Nastasia por culpa tuya… ¡Y miren ustedes de dónde sale… ! Rodia, ¿qué quiere decir esto? Di la verdad.

‑Pues esto quiere decir que estoy harto de todos vosotros, que quiero estar solo ‑repuso con toda calma Raskolnikof.

‑¡Pero si apenas puedes tenerte en pie, tienes los labios blancos como la cal y ni fuerzas te quedan para respirar! ¡Estúpido! ¿Qué haces en el Palacio de Cristal? ¡Dímelo!

‑Déjame en paz ‑dijo Raskolnikof, tratando de pasar por el lado de su amigo.

Esta tentativa enfureció a Rasumikhine, que apresó por un hombro a Raskolnikof.


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