Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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El agua sucia se agitó y cubrió el cuerpo de la suicida, pero sólo momentáneamente, pues en seguida reapareció y empezó a deslizarse al suave impulso de la corriente. Su cabeza y sus piernas estaban sumergidas: únicamente su espalda permanecía a flote, con la blusa hinchada sobre ella como una almohada.

‑¡Se ha ahogado! ¡Se ha ahogado! ‑gritaban de todas partes.

Acudía la gente; las dos orillas se llenaron de espectadores; la multitud de curiosos aumentaba en torno a Raskolnikof y le prensaba contra el pretil.

‑¡Señor, pero si es Afrosiniuchka! ‑dijo una voz quejumbrosa‑. ¡Señor, sálvala! ¡Hermanos, almas generosas, salvadla!

‑¡Una barca! ¡Una barca! ‑gritó otra voz entre la muchedumbre.

Pero no fue necesario. Un agente de la policía bajó corriendo las escaleras que conducían al canal, se quitó el uniforme y las botas y se arrojó al agua. Su tarea no fue difícil. El cuerpo de la mujer, arrastrado por la corriente, había llegado tan cerca de la escalera, que el policía pudo asir sus ropas con la mano derecha y con la izquierda aferrarse a un palo que le tendía un compañero.


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