Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Sacaron del canal a la víctima y la depositaron en las gradas de piedra. La mujer volvió muy pronto en sí. Se levantó, lanzó varios estornudos y empezó a escurrir sus ropas, con gesto estúpido y sin pronunciar palabra.

‑¡Virgen Santa! ‑gimoteó la misma voz de antes, esta vez al lado de Afrosiniuchka‑. Se ha puesto a beber, a beber… Hace poco intentó ahorcarse, pero la descolgaron a tiempo. Hoy me he ido a hacer mis cosas, encargando a mi hija de vigilarla, y ya ven ustedes lo que ha ocurrido. Es vecina nuestra, ¿saben?, vecina nuestra. Vive aquí mismo, dos casas después de la esquina…

La multitud se fue dispersando. Los agentes siguieron atendiendo a la víctima. Uno de ellos mencionó la comisaría.

Raskolnikof asistía a esta escena con una extraña sensación de indiferencia, de embrutecimiento. Hizo una mueca de desaprobación y empezó a gruñir:

‑Esto es repugnante… Arrojarse al agua no vale la pena… No pasará nada… Es tonto ir a la comisaría… Zamiotof no está allí. ¿Por qué… ? Las comisarías están abiertas hasta las diez.

Se volvió de espaldas al pretil, se apoyó en él y lanzó una mirada en todas direcciones.


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