Crimen y Castigo
Crimen y Castigo La tos ahogó sus palabras, pero lo que ya habÃa dicho produjo su efecto. Por lo visto, los habitantes de la casa la temÃan. Los vecinos se marcharon uno tras otro con ese extraño sentimiento de Ãntima satisfacción que ni siquiera el hombre más compasivo puede menos de experimentar ante la desgracia ajena, incluso cuando la vÃctima es un amigo estimado.
Una vez habÃan salido todos, se oyó decir a uno de ellos, tras la puerta ya cerrada, que para estos casos estaban los hospitales y que no habÃa derecho a turbar la tranquilidad de una casa.
‑¡Pretender que no hay derecho a morir! ‑exclamó Catalina Ivanovna.
Y corrió hacia la puerta con ánimo de fulminar con su cólera a sus convecinos. Pero en el umbral se dio de manos a boca con la dueña de la casa en persona, la señora Lipevechsel, que acababa de enterarse de la desgracia y acudÃa para restablecer el orden en el departamento. Esta señora era una alemana que siempre andaba con enredos y chismes.
‑¡Ah, Señor! ¡Dios mÃo! ‑exclamó golpeando sus manos una contra otra‑. Su marido borracho. Atropellamiento por caballo. Al hospital, al hospital. Lo digo yo, la propietaria.