Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Polia ‑exclamó Catalina Ivanovna‑, corre a casa de Sonia y dile que a su padre le ha atropellado un coche y que venga en seguida. Si no estuviese en casa, dejas el recado a los Kapernaumof para que se lo den tan pronto como llegue. Anda, ve. Toma; ponte este pañuelo en la cabeza.
Entre tanto, la habitación se habÃa ido llenando de curiosos de tal modo, que ya no cabÃa en ella ni un alfiler. Los agentes se habÃan marchado. Sólo habÃa quedado uno que trataba de hacer retroceder al público hasta el rellano de la escalera. Pero, al mismo tiempo, los inquilinos de la señora Lipevechsel habÃan dejado sus habitaciones para aglomerarse en el umbral de la puerta interior y, al fin, irrumpieron en masa en la habitación del herido.
Catalina Ivanovna se enfureció.
‑¿Es que ni siquiera podéis dejar morir en paz a una persona? ‑gritó a la muchedumbre de curiosos‑. Esto es para vosotros un espectáculo, ¿verdad? ¡Y venÃs con el cigarrillo en la boca! ‑exclamó mientras empezaba a toser‑. Sólo os falta haber venido con el sombrero puesto… ¡Allà veo uno que lo lleva! ¡Respetad la muerte! ¡Es lo menos que podéis hacer!