Crimen y Castigo
Crimen y Castigo ‑Catalina Ivanovna ‑le dijo‑, la semana pasada, su difunto esposo me contó la historia de su vida y todos los detalles de su situación. Le aseguro que hablaba de usted con la veneración más entusiasta. Desde aquella noche en que vi cómo les querÃa a todos ustedes, a pesar de sus flaquezas, y, sobre todo, cómo la respetaba y la amaba a usted, Catalina Ivanovna, me consideré amigo suyo. PermÃtame, pues, que ahora la ayude a cumplir sus últimos deberes con mi difunto amigo. Tenga… , veinticinco rublos. Tal vez este dinero pueda serle útil… Y yo… , en fin, ya volveré… SÃ, volveré seguramente mañana… Adiós. Ya nos veremos.
Salió a toda prisa de la habitación, se abrió paso vivamente entre la multitud que obstruÃa el rellano de la escalera, y se dio de manos a boca con Nikodim Fomitch, que habÃa sido informado del accidente y habÃa decidido realizar personalmente las diligencias de rigor. No se habÃan visto desde la visita de Raskolnikof a la comisarÃa, pero Nikodim Fomitch lo reconoció al punto.
‑¿Usted aqu� ‑exclamó.
‑Sà ‑repuso Raskolnikof‑. Han venido un médico y un sacerdote. No le ha faltado nada. No moleste demasiado a la pobre viuda: está enferma del pecho. Reconfórtela si le es posible… Usted tiene buenos sentimientos, no me cabe duda ‑y, al decir esto, le miraba irónicamente.