Crimen y Castigo

Crimen y Castigo

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Raskolnikof se volvió. Polenka siguió bajando y se detuvo cuando sólo la separaba de él un escalón. Un rayo de luz mortecina llegaba del patio. Raskolnikof observó la escuálida pero linda carita que le sonreía y le miraba con alegría infantil. Era evidente que cumplía encantada la comisión que le habían encomendado.

‑Escuche: ¿cómo se llama usted… ? ¡Ah!, ¿y dónde vive? ‑preguntó precipitadamente, con voz entrecortada.

Él apoyó sus manos en los hombros de la niña y la miró con una expresión de felicidad. Ni él mismo sabía por qué se sentía tan profundamente complacido al contemplar a Polenka así.

‑¿Quién te ha enviado?

‑Mi hermana Sonia ‑respondió la niña, sonriendo más alegremente aún que antes.

‑Lo sabía, estaba seguro de que te había mandado Sonia.

‑Y mamá también. Cuando mi hermana me estaba dando el recado, mamá se ha acercado y me ha dicho: «¡Corre, Polenka!»

‑¿Quieres mucho a Sonia?

‑La quiero más que a nadie ‑repuso la niña con gran firmeza. Y su sonrisa cobró cierta gravedad.

‑¿Y a mí? ¿Me querrás?


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